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Aproximaciones a la idea del
número áureo en la música

Por Arbaris von Nëgal

Lo primero que es conveniente establecer antes de entrar en cualquier tema, son las premisas y definiciones que sustentarán su desarrollo subsecuente. De este modo, con el fin de poder hablar de la música en cuanto a su estructura matemática, debemos primero entenderla como una organización estética del fenómeno sonoro; es decir, una articulación u ordenamiento bello del sonido, en forma de discurso en el tiempo. En consecuencia, no toda expresión sonora constituye música, sino aquella que posee una estructura coherente y lógica, así como elementos estéticos definidos tales como armonía –tanto sonora como estructural--, simetría, etc. 

Por lo tanto no es la música en sí misma lo que analizaremos en primera instancia, sino su materia prima: el sonido, por lo que debemos ir todavía más hacia lo fundamental, hacia el fenómeno sonoro mismo, para entender su estructura física y matemática, que es la que en última instancia gobierna las jerarquías de sonidos en los cuales se basa prácticamente todo el discurso musical del ser humano.

Físicamente, el sonido que escuchamos a través de nuestros oídos es resultado del fenómeno ondulatorio que se produce al estimularse las moléculas de aire. En otras palabras, cualquier evento que altere el movimiento de las moléculas de aire generará una onda longitudinal, la que será percibida por nuestros oídos como sonido. Por supuesto nuestro oído es limitado en su espectro de escucha; sólo ciertas frecuencias de ondas son audibles para el oído humano (aproximada mente entre los 19 Hz y los 19 kHz en una persona sana, correspondiendo cada hercio como equivalente a una ondulación completa por segundo), mientras que otras quedan fuera del espectro. 


Es en esta estrecha franja en donde acontece todo nuestro universo sonoro, incluida la música. Ahora bien, las ondas que se producen en el aire no son visibles para nuestros ojos, pero una analogía recurrente es la de parangonarlas a las ondas que se producen en la superficie del agua cuando dejamos caer una piedra. El problema de esta analogía es que omite el hecho de que el sonido se desplaza en el aire en ondas longitudinales, a diferencia de las ondas que se producen en la superficie del agua que son transversales (y recalco “en la superficie”, ya que las ondas que ocurren bajo la superficie son también longitudinales, como en el aire).

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